lunes, 10 de octubre de 2011

TAL VEZ NO SUFRO DE NOSTALGIA






Tal vez no sufro de nostalgia, porque no echo de menos a mi país; se trata, más bien, de nostalgia de aquellos años dorados de mi infancia transcurrida en la calle Partizanska, número 29. Enfrente estaba la panadería de Vera Gedžica donde por aquel entonces siempre había una cola enorme para comprar el pan caliente recién hecho en el horno de leña, pan de harina blanca, de casi un kilo, que valía medio dinar.
En aquellos tiempos todo el mundo escuchaba la radio y nosotras íbamos a la casa de la vecina
Desa, la gorda –como la llamaba mi abuela- para ver la tele. Mi familia aún no compró un televisor en color, así que cada tarde mi abuela, mi madre y yo íbamos a su casa, a las siete y media de la tarde para ver el Telediario en color. Me acuerdo como Yugin nos explicaba como el Space Shuttle al llegar al punto X se iba a desprender de no sé qué. Aquella imagen del espacio se me grabó para siempre. Otra imagen antológica era de aquel locutor serio que con un nudo en la garganta nos decía: “Estimados telespectadores, Josip Broz – Tito... ha muerto (...)” Luego sonaba la marcha de Lenin. Aquel preciso momento Milanka y yo estábamos dando paseos por el centro de Požarevac. En el ambiente se notaba una gran tensión, y como dicen los periodistas de la prensa rosa en España –se mascaba la tragedia-. Todos los bares, tiendas, hogares, tenían la tele puesta y la mirada de la gente clavada a la pantalla, pendientes de la salud del mariscal Tito. La noticia se corrió como pólvora, rápido de boca en boca, y Milanka y yo al enterarnos nos abrazamos y empezamos a llorar. “Entonces estamos acabados”, dijo ella en un tono dramático y luego añadió “Los rusos nos van a atacar”. Escribí en mi diario, la única frase de la que me arrepentí un mes más tarde: “HA MUERTO EL HIJO DE NUESTRA PATRIA”. Jelena, cuyo padre estuvo 3 años en Goli otok (Croacia) como preso político, me explicó que "no hay que lamentar, sino ¡celebrar su muerte con una botella de champán!"
Aquella muerte supuso una lenta, dolorosa y larga agonía de Yugoslavia. Él murió y todos nosotros estábamos agonizando sin saberlo. Moría lentamente, con Él, aquel falso mito de fraternidad y unión.
Yo sufría de nostalgia, hasta que con la muerte de mi maestra Ružica, que murió unos días antes que mi padre, no se rompió el último hilo que me unía con los recuerdos de la infancia y me dejó huérfana – es decir- sin ninguna razón de sentir la nostalgia. Era libre de nostalgia, aquella palabra maldita que me obligaba a pensar que todo lo bonito se fue para siempre, sin ninguna posibilidad de repetirse –nada más que en los deseos- y que con el pasado se acabó la buena vida. Así que cuando hablo de nostalgia ya no me quedan buenos recuerdos de los amigos, pues, me decepcionaron casi todos, sólo me quedará la calle Dunavska con su arboleda de tilos que en junio se llenaban de flores y olían y olían y parece que aún puedo sentir esa fragancia. En la calle Partizanska ya no queda nadie, y al pasar por allí me invade un enorme vacío. Delante del número 29 ya no saldrá nadie para preguntarme: “¿Qué tal el viaje?” y luego añadir: “¿Cuánto tiempo te quedas, hija?”. Cojo la calle Partizanska y bajo todo recto hasta el cementerio. Allí –como si fuera mi prima- me abraza el enorme silencio, entrecortado con el trinar de las palomas y los gorriones y con aquella voz seria de mi abuelo Ilija rezando: "Vojmi Oca i Sina, i Svetoga duha, Amin" (En nombre del Padre...)

VESNA F., del libro: "Memorias de un pionero de Tito"
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